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Lo que los 10 descubrimientos sobre el cerebro en 2025 nos enseñan también en el ámbito del daño cerebral

En un reciente artículo de Scientific American, firmado por Allison Parshall, se recogen diez de los hallazgos más llamativos sobre el cerebro en 2025 que apuntan a como el cerebro es mucho más dinámico, complejo y cambiante de lo que a veces asumimos.


Lo que los 10 descubrimientos sobre el cerebro en 2025 nos enseñan también en el ambito del daño cerebral

El artículo repasa descubrimientos muy distintos entre sí, pero especialmente sugerentes.

Por ejemplo, explica que los escáneres cerebrales de miles de personas han permitido identificar cinco grandes etapas u “eras” en la organización del cerebro humano, con puntos de inflexión a los 9, 32, 66 y 83 años. Es decir, el cerebro no evoluciona de forma lineal, sino que atraviesa fases bien diferenciadas a lo largo de la vida.


También aborda uno de los grandes enigmas de la memoria: la llamada amnesia infantil. Aunque los adultos no recordamos nuestra etapa de bebés, nuevas investigaciones sugieren que el cerebro infantil sí puede formar recuerdos desde aproximadamente el primer año de vida. La cuestión no sería tanto que no se almacenaran, sino que después perdemos el acceso a ellos.


Otro de los apartados más interesantes se refiere al Alzheimer. Los investigadores han observado que los recién nacidos sanos presentan niveles altos de proteína Tau, una proteína que en adultos se asocia a procesos neurodegenerativos cuando se altera y se acumula de manera patológica. El dato es fascinante porque sugiere que el problema no es solo la presencia de Tau, sino qué cambios sufre, cuándo y por qué, lo que abre nuevas vías de investigación sobre prevención o reversibilidad.


El artículo también menciona un hallazgo largamente debatido: la posibilidad de que el cerebro adulto siga generando neuronas. Durante años, la neurogénesis en adultos ha sido una cuestión controvertida, pero en 2025 se habrían identificado neuronas recién formadas y sus células precursoras en cerebros adultos, incluso en personas de edad avanzada. Esto no significa que el cerebro lesionado se regenere sin más, pero sí refuerza la idea de que hablamos de un órgano con capacidad de cambio y reorganización.


A ello se suman investigaciones sobre cómo el cerebro distingue lo imaginado de lo real. Según el artículo, existiría una especie de “señal de realidad” que ayuda a discriminar entre una percepción externa y una representación generada internamente. La relevancia de este punto va más allá de lo teórico, porque puede ayudar a comprender mejor fenómenos como las alucinaciones o determinados trastornos de la percepción.


Entre los avances clínicos, destaca la referencia a la enfermedad de Huntington, donde los primeros resultados de un ensayo con el tratamiento AMT-130 apuntan a una ralentización de la progresión de la enfermedad. También se comentan estudios sobre las capacidades cognitivas de chimpancés y bonobos, investigaciones sobre un nuevo color visualizado experimentalmente mediante estimulación láser de la retina y la detección externa de biofotones emitidos por el cerebro humano, algo que hasta hace poco parecía casi ciencia ficción.


Y, por supuesto, el artículo termina con la gran cuestión de fondo, tan de moda ahora: la conciencia. Cómo una estructura material formada por miles de millones de neuronas produce experiencia subjetiva sigue siendo uno de los mayores misterios científicos.


¿Por qué todo esto importa también en el daño cerebral? Porque todos estos hallazgos, aunque muy distintos, insisten en algo esencial: el cerebro no puede reducirse a una visión simple, fija o puramente anatómica.


Desde mi perspectiva de abogado que trabaja y defiende casos de daño cerebral, esto tiene una consecuencia muy clara. La valoración de una lesión neurológica no debería limitarse nunca a identificar una imagen, etiquetar un diagnóstico o cuantificar secuelas de forma automática.

El artículo muestra como el cerebro cambia con la edad, reorganiza funciones, genera memoria de maneras aún no del todo comprendidas, puede alterar profundamente la percepción de la realidad y conserva mecanismos biológicos mucho más complejos de lo que durante años se pensó.


Esa complejidad es precisamente la que explica que, en muchos casos de daño cerebral, las secuelas más graves no sean las más visibles. Una persona puede conservar lenguaje, movilidad básica y apariencia externa de normalidad, y sin embargo presentar alteraciones decisivas en atención, memoria, velocidad de procesamiento, funciones ejecutivas, control de impulsos, conducta, capacidad de planificación.


Como abogado especializado en daño cerebral, creo que estos avances científicos refuerzan una idea que en la práctica diaria resulta fundamental como es que no basta con acreditar una lesión; hay que comprender su repercusión funcional real.


La neurociencia actual nos recuerda que el cerebro es un órgano extraordinariamente sofisticado. Y precisamente por eso, sus lesiones también requieren una valoración sofisticada: médica, neuropsicológica, funcional y jurídica.


Porque comprender mejor el cerebro no es solo un avance científico.  Es también una condición para reparar mejor el daño.

 
 

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