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Un caso de error en urgencias con daño cerebral: cuando el “vértigo” no era solo vértigo

Acudir a urgencias es entrar en un sistema diseñado para decidir deprisa, priorizar riesgos y trabajar con información incompleta. Esa complejidad forma parte de su naturaleza. Pero precisamente por eso, algunos errores no nacen de una gran equivocación aislada, sino de algo más sutil y más frecuente: una primera hipótesis razonable que deja de revisarse a tiempo.



Comparto una reflexión a partir de un caso anonimizado de error diagnóstico con daño cerebral de los que llevo en el despacho y uno entre muchos que obligan a pensar con seriedad en cómo se gestionan las posibles afectaciones neurológicas en urgencias.


Una paciente, sin antecedentes especialmente relevantes, acudió al hospital tras un inicio brusco de mareo intenso, vómitos persistentes y gran malestar. La primera orientación clínica fue la de síndrome vertiginoso, una posibilidad que, en abstracto, no era absurda. En urgencias, no todo mareo es un ictus, y no toda presentación engañosa permite un diagnóstico inmediato.


El problema no estuvo tanto en esa hipótesis inicial como en lo que ocurrió después.


La paciente fue sedada con medicación sintomática y permaneció en observación. Sin embargo, esa observación no se tradujo en una reevaluación clínica verdaderamente activa. La evolución no mejoraba de forma clara, pero la impresión inicial siguió operando como explicación suficiente. No fue hasta el día siguiente cuando una prueba de imagen mostró lo que ya había dejado de ser un simple cuadro vestibular: un infarto cerebeloso.


Y ahí es donde, a mi juicio, el caso se vuelve especialmente relevante.


Porque desde ese momento ya no estábamos ante un problema de mera incertidumbre diagnóstica, sino ante otro distinto como es la necesidad de reorganizar la asistencia con rapidez. Un infarto cerebeloso no es solo un diagnóstico neurológico más. Es una lesión localizada en la fosa posterior, una región con muy poco margen para tolerar edema o aumento de presión sin consecuencias graves. Puede complicarse con hidrocefalia obstructiva, hipertensión intracraneal y deterioro súbito del nivel de conciencia.


Una vez identificado, el caso exigía algo más que “haber acertado” con la prueba. Exigía vigilancia neurológica estrecha, monitorización real, reevaluación seriada y capacidad de reacción inmediata. Eso fue, precisamente, lo que faltó.


Durante horas decisivas no hubo una supervisión neurológica suficientemente intensa. Cuando finalmente se detectó el deterioro grave, la paciente presentaba ya una complicación crítica que obligó a una intervención neuroquirúrgica urgente. Se salvó la vida, pero las secuelas fueron severas e irreversibles.


Este caso deja una enseñanza que me parece incómoda, pero necesaria. En urgencias, el problema no siempre es no diagnosticar a la primera. A veces el problema es no cambiar de marcha cuando el caso ya ha dejado de ser dudoso. En otras palabras. No basta con tener un diagnóstico; no basta con “haber pedido un TAC”; no basta con que el cuadro inicial pudiera confundirse. Lo decisivo es si el sistema supo reaccionar proporcionalmente al riesgo cuando la evolución o la imagen obligaban a hacerlo.


Desde el punto de vista clínico, este tipo de episodios recuerda algo bien conocido por quienes trabajan en urgencias y neurología. Los cuadros de circulación posterior pueden ser engañosos. El mareo, los vómitos y la inestabilidad pueden parecer banales al inicio. Pero precisamente por eso, cuando son intensos, persistentes o no encajan bien en una evolución tranquilizadora, necesitan algo más que etiquetado rápido: necesitan sospecha mantenida y reevaluación real.


Desde el punto de vista organizativo, la lección también es clara. La calidad asistencial no depende solo del juicio del primer profesional que ve al paciente. Depende también de la continuidad clínica, de la transmisión correcta de la información y de la capacidad del sistema para no dejar al enfermo atrapado entre áreas, turnos o hipótesis ya gastadas.


Y desde el punto de vista jurídico, este tipo de casos suele girar en torno a una idea muy concreta como es que no siempre puede afirmarse que una actuación perfecta habría evitado todo el daño, pero sí que una actuación más diligente habría preservado una oportunidad real de mejor evolución. Esa es, muchas veces, la verdadera cuestión.

La reflexión de fondo no va contra las urgencias ni contra la dificultad real de trabajar en un entorno saturado, incierto y sometido a enorme presión. Va, más bien, a favor de una idea básica de prudencia clínica. Cuando lo neurológico entra en escena, el margen para banalizar disminuye.

 
 

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