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El daño cerebral adquirido en niños. Como evitar la infravaloración en indemnizaciones por accidentes de tráfico o errores médicos.

Cada año, miles de niños sufren alteraciones neurológicas súbitas que afectan cerebros previamente sanos. Estas lesiones son causadas principalmente por traumatismos craneoencefálicos (TCE), anoxias o hipoxias (como ahogamientos o paradas cardiorrespiratorias), ictus pediátricos (arteriales y venosos), infecciones del sistema nervioso central (como meningitis y encefalitis), tumores y complicaciones derivadas de su tratamiento, así como, en menor medida, intoxicaciones o procesos inflamatorios.


El daño cerebral adquirido en niños. Como evitar la infravaloracion en indemnizaciones por accidentes de trafico o errores medicos

Entre estas causas, los traumatismos craneoencefálicos son los responsables más frecuentes de las llamadas secuelas cognitivas "invisibles", aquellas que afectan funciones ejecutivas, atención y cognición social. Aunque estas secuelas no siempre son evidentes de forma inmediata, tienen un impacto significativo en el rendimiento escolar y la autonomía futura del menor.


Infravaloración en las indemnizaciones: un sistema diseñado para adultos


En los casos de accidentes de tráfico o mala praxis médica que provocan lesiones cerebrales en niños y adolescentes, la Ley 35/2015 establece un sistema para valorar los daños personales. Este sistema utiliza un baremo que clasifica las lesiones según su gravedad, asigna puntos y los traduce en indemnizaciones económicas basadas en tablas específicas.


Sin embargo, este método presenta un problema fundamental: fue diseñado para adultos y no contempla las particularidades del cerebro en desarrollo de un niño. En un adulto, la valoración del daño cerebral suele consistir en comparar un "antes" y un "después" en un órgano que ya ha alcanzado su desarrollo pleno.


En cambio, en un niño, la evaluación requiere una lógica completamente distinta, ya que no se trata de comparar dos estados cerrados, sino de medir el impacto de la lesión en una curva de desarrollo que aún está en proceso y que puede frenarse, desviarse o fragmentarse debido al daño sufrido.


Este enfoque adulto aplicado a niños introduce un sesgo estructural que lleva a la infravaloración del daño. El sistema indemniza lo observable en el presente, pero deja fuera las consecuencias diferidas de la lesión, es decir, aquellas que solo se hacen visibles cuando el entorno exige habilidades que el niño aún no ha tenido que desarrollar.

Por ejemplo, un niño de siete años puede parecer funcional en un aula estructurada, lo que podría llevar a cerrar el expediente de seguimiento. Sin embargo, tres años después, cuando las demandas de multitarea, organización autónoma y gestión de relaciones sociales se incrementan, los efectos de la lesión pueden manifestarse como un estancamiento relativo. Esto no representa un nuevo empeoramiento, sino la expresión tardía de la misma lesión en un contexto evolutivo más complejo.


La confusión entre la ausencia de manifestación temprana del daño y su inexistencia es uno de los principales factores que contribuyen a la infravaloración en las indemnizaciones por lesiones cerebrales en niños. Por ello, es fundamental que los informes psicopedagógicos y neuropsicológicos desempeñen un papel central en estos casos.


El desarrollo cerebral infantil es un proceso jerárquico y dinámico, donde cada etapa se construye sobre la anterior.


Las lesiones cerebrales en etapas tempranas pueden tener efectos en cascada que comprometen no solo las habilidades inmediatas, sino también el desarrollo futuro de habilidades cognitivas, sociales y emocionales.


Durante los primeros años de vida, el cerebro establece las bases para habilidades sensoriales, motoras y de atención. Lesiones graves en esta etapa pueden afectar funciones como el procesamiento de información y la atención, limitando el desarrollo del lenguaje y el aprendizaje. Entre los tres y cinco años, cuando el desarrollo del lenguaje se acelera y los niños comienzan a participar en juegos más complejos, los traumatismos pueden alterar aspectos específicos del lenguaje, como la capacidad de comprender contextos o regular emociones.


A medida que los niños crecen, las exigencias cognitivas y sociales aumentan, y las consecuencias de las lesiones cerebrales pueden manifestarse de formas más evidentes. Por ejemplo, entre los seis y ocho años, las lesiones pueden comprometer habilidades como la memoria y la lectura, generando frustración y agotamiento en tareas prolongadas. Entre los nueve y once años, los déficits en organización y multitarea pueden volverse más notorios cuando los niños deben gestionar tareas de manera independiente.


Durante la adolescencia, las consecuencias de las lesiones pueden afectar la flexibilidad cognitiva, la capacidad de interpretar intenciones sociales y la regulación emocional, generando problemas interpersonales y dificultades en el uso de redes sociales. Finalmente, en la transición hacia la adultez, los déficits en habilidades como la organización y la planificación pueden limitar el rendimiento académico y laboral, dificultando la autonomía en contextos más demandantes.


Este recorrido evidencia que las consecuencias del daño cerebral en niños son progresivas y diferidas, haciéndose visibles solo cuando las demandas evolutivas aumentan. Por ello, es crucial adaptar el baremo de valoración de daños a la realidad infantil y garantizar que las indemnizaciones reflejen adecuadamente el impacto del daño en el desarrollo del menor.


En este sentido, el baremo actual incluye definiciones como "incapacidad para cualquier empleo u ocupación", que no son aplicables directamente a niños y deben traducirse a conceptos como "incapacidad para sostener el rendimiento académico y organizativo esperado para su edad, pese a apoyos ordinarios".


Además, otras definiciones del baremo, como "pérdida de relaciones sociales", "necesidad de supervisión continuada", "conducta peligrosa", "desorientación temporoespacial" y "trastorno de memoria", también requieren reinterpretación en clave infantil para reflejar adecuadamente las consecuencias de las lesiones.


Reparación justa: acompañar el desarrollo y garantizar una valoración adecuada


En casos de reclamación de daños y perjuicios, es fundamental incluir una reserva de acciones que permita ampliar la reclamación conforme se manifiesten nuevas consecuencias del daño en etapas posteriores. Esto no implica reclamar indefinidamente, sino garantizar que se puedan valorar y compensar las consecuencias reales y demostrables del daño en cada etapa de la vida del menor.


Por ejemplo, en un acuerdo transaccional, se podría establecer que "las partes reconocen que la evolución del menor está sujeta a la aparición progresiva de exigencias propias de la adolescencia y la vida adulta.


No se consideran liquidados ni renunciados los perjuicios futuros que se manifiesten de la misma lesión al alcanzarse hitos de desarrollo como el fin de la escolaridad obligatoria, el acceso a estudios postobligatorios, la inserción laboral inicial, la conducción y la gestión autónoma de recursos. Se mantiene reserva íntegra de acciones".


El mensaje central es claro: la reparación justa en un menor con daño cerebral no debe ser una foto fija, sino un proceso que acompañe su crecimiento y desarrollo. Reservar acciones no es un capricho, sino una medida de prudencia para garantizar que las consecuencias previsibles pero aún no visibles del daño puedan ser evaluadas y compensadas en el futuro. Solo así se puede evitar la infravaloración de un perjuicio que, aunque inicialmente no determinado, puede tener un impacto devastador en la vida del menor.

La justicia en estos casos no consiste en cerrar definitivamente una valoración, sino en acompañar el proceso de desarrollo del niño, asegurando que cada etapa revele las consecuencias concretas del daño y permita una reparación adecuada y ajustada a derecho.





Fuentes doctrinales

  • Anderson, V., Spencer-Smith, M., & Wood, A. (2011). "Do children really recover better? Neurobehavioural plasticity after early brain insult." 

  • Yeates, K. O., Taylor, H. G., et al. (2010). "Neurobehavioral outcomes of mild traumatic brain injury in children and adolescents." 

  • Dennis, M., & Barnes, M. A. (2010). "The Cognitive Cost of Traumatic Brain Injury in Children."


 
 

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